AGITADORAS

 

PORTADA

 

AGITANDO

 

CONTACTO

 

NOSOTROS

       

ISSN 1989-4163

NUMERO 102 - ABRIL 2019

 

Y, Encima, se Ríen

Luis Arturo Hernández

   (Rojo, de John Logan. Intérpretes: Juan Echanove y Ricardo Gómez. Dirección: Juan Echanove. Producción Teatro Español, Traspasos y La Llave Maestra. Teatro Principal Antzokia, Vitoria-Gasteiz, 15/03/2019.)                           
      “Él no repararía en gastos, pero no quería aquí ningún Picasso, él quería un Miguel Ángel. Maestro Huidobro se reía.”
                      José Jiménez Lozano, Maestro Huidobro (Anthropos, 1999, p. 102.)

       “…sí, en efecto, la definición de expresionismo abstracto contiene una contradicción... No veo cómo los símbolos…”
                       (Rembrandt a Valentina, en Guido Crepax, Valentina I, Norma, 2008, p. 72.)

      “[…] aunque la luz roja sí que era bonita, la luz sí. Y también lo eran las sombras.”
                      José Jiménez Lozano, Maestro Huidobro (p. 71.)

      “Se decía que la compañía era buena. El teatro, uno de aquellos teatros antiguos, todo  rojo y dorado, estaba de bote en bote. […], las caras se veían congestionadas, los ojos inyectados”
                      Pío Baroja, La sensualidad pervertida (Caro Raggio, 1975, p.93.)

 

   Pulso dramático, a muerte, entre un Mark Rothko encerrado en su torre de marfil del arte, y su asistente, un joven pintor golpeado desde su infancia por la orfandad trágica.

   Lleno total. Aforo completo. Se ha vendido todo el papel. No hay entradas. Como si fuera un derby —90 minutos, el míster ha dicho que vamos a poner toda la carne en el asado—. O, mejor, el concierto de un ídolo. ¿Pollock?, quia. ¿Warhol?, ca. ¡Echanove!
Y la parroquia entregada, son fans de Echanove y van a verlo en modo teatro, a disfrutar del viernes, lo malo es que hay que esperar hora y media a que salga porque, antes, hay un tío neurasténico que pinta, cuando pinta, todo del mismo color, que es una chapa, tío.

Un expresionista abstracto, como el drama: un maestro abstracto frente a su interlocutor, un discípulo expresionista, el mantenedor y el mantenido del juego floral—a florete—, de réplica y contrarréplica, y la peña riéndole las salidas informales, los cortes, tío, vaya corte, navajazos que le da al chaval el viejo narcisista —ese que le come la oreja a Van Gogh—, claque pagana del artista consagrado, cuando es el ayudante joven quien pone al maestro cara a cara con la realidad, con la vida, con lo cotidiano, con su biografía. Y le ríen las gracias, ¿para amortizar la entrada?, aunque él, Rothko, ya había despotricado contra ese “derecho constitucional a estar 24 horas entretenido”, y contra el éxito en el mercado, y contra el pop —el pop art mató a la estrella del expresionismo abstracto, “en la era de la reproducción mecánica”, que diría Walter Benjamin; y, adónde vas, Logan, sin citar a Benjamin, en una obra como esta, por dios—. Pero la peña pop —sólo faltan en el gallinero las pop corns, las palomitas de maíz despachadas en una canastillo en el foyer; la clase obrera iba al paraíso, la de ESO a 2º de anfiteatro—, y la gente, a muerte con él, no importa que te llame alienado, amaestrado, vendido, tú vas a aplaudir al final, con silbidos, como en un concierto, con aullidos, a saludarlo, porque has ido a Eso. Pero no te has enterado de nada, gilipollas, ni siquiera del dramatismo con el que el más listo de tu clase, el ayudante, no el delegado, sino el outsider que no pudo acabar ni la ESO, lo ha ido acorralando contra las cuerdas, sonrojándolo, haciéndole saltar el rojo, no de la pintura, sino de la sangre, antes del oscuro —¿o fundido a negro?—, para que vosotros, lo expulséis con aplausos y silbidos de doble filo de la escena, dándole la puntilla en el escenario en rojo de un teatro dentro del espectáculo en negro del Teatro —El rojo y el negro—. Grotesco público que busca lo cómico en el drama siamés de la vida y el arte,  sin daros cuenta, eso es lo malo, sin querer, sin saberlo siquiera —que no es atenuante, sino agravante: si lo ignoras no puedes ver responsabilidad alguna—. Y respondéis con vuestras toses estúpidas, gratuitas, inconscientemente —porque algo os pica ahí y no es la garganta precisamente—, cada vez que decae mínimamente el microclímax dramático —pues, mientras, no se oye una mosca, se corta el silencio, se acabó la tuberculosis—, marcándoos vuestra pequeña venganza, espontáneamente, tosecita, carraspera, y achís, aquí y allá, como dándose la réplica, como si estuvierais viendo la tele o una peli o en la play —o jugándote a la maquinita las vidas virtuales, o conectándote a las redes — o en un bar o en un concierto, robándole protagonismo, interactuando, porque aquí estoy yo, como cuando en clase se sobreinterpretaba la tos para llamar la atención, para que sepas que existo, y no es falta de respeto, quia —el 90% de esas toses se pueden controlar, o reprimir, sí reprimir, tragar saliva en el microteatro de esa cávea bucal  bajo la bóveda del cielo del paladar desatando el nudo dramático en la garganta hacia la catarsis final—; ni mala educación —¿qué pasa, que no se puede estar enfermo o qué? Pues si estás tísico, vete a Urgencias, no vengas a contagiarnos a todos, sin taparte la boca siquiera—; no. Es ignorancia, bobaliconería dionisíaca, apolínea malicia y un olímpico desprecio del hecho de que pisando el comienzo de una palabra, sílabas, una frase breve —que no vamos a volver a oír nunca jamás—, estás desacralizando el rito de reconstruir desde lo  apolíneo eso dionisíaco que es El origen de la tragedia de este endiosado héroe trágico, Rothko, arrastrado por el ethos, su emoción fatal, frente al canto de la cabra, ditirambo de un cabrón que es su antagonista —abogado del diablo, del gran buco fecundador del gran teatro griego—, hacia el fatum de su búsqueda de la verdad, en un estudio cerrado a cal y canto con luz artificial, que no es sino la capilla de una caverna en que el chamán pinta su cacería del movimiento con sangre de animal, carbón y pigmentos,  intentando recuperar el tiempo perdido —¿la magdalena de Proust?—  de un cavernícola urbano—¿del magdaleniense?—, que conjura su bisonte en el santuario de la cueva de altas miras de un vetusto teatro centenario, mientras a la entrada o el atrio, en la boca del escenario, se congregan las bacantes y los vacantes, fiesteros y cómic(o)s del club de la comedia, del chiste fácil y la risa floja, que están allá como pudieran estar enfervorizándose con su  banda favorita a cambio de pechar tributo, vendimiadores del soma de la diversión primigenia de la comedia, haciendo tiempo antes de irse a cenar “una sopa Campbell a la Warhol” en el chino “Cuatro estaciones” —¿o era una ensalada “Cuatro estaciones” en el Campbell?—, con música de Melendi, digo de Vivaldi, y grafiti exprés, emulsión al spray de Jackson Pollock a  la salud de… ¿cómo se llamaba el puto gordo judío ruso coñazo ese?, joder, Juan Echanove, a fin de cuentas. Y celebran que la generación más preparada de la historia desahucia al viejo de su cueva, lo desaloja de su contendor del Arte —y, después de mí, el Diluvio o, en su defecto, el Mar(k) Rojo—, aunque sea en nombre del mito de la cultura —cada vez acudan más espectadores al teatro, con éxito de crítica y público: crítica del público en la Red—, matando al padre, al brujo poseído por un genio de mil demonios, al troglodita huraño, al anarcoreta huido de L’Ermitage, místico iluminador de un Juicio Final expresionista del movimiento del caos al caos a través del orden —lenguas de fuego en la noche oscura del alma, carne y sombra— que cuelga —colgado, majareta, enganchado, suicida— en los paños —o lienzos— de pared de la sala del restaurador que sirve, despedazada, la caza de la tribu  Por eso aplaudían los cabrones: porque el Echanove, su ídolo, lo noquea, por persona interpuesta y en su nombre, en su lugar, por ellos. Grogui, tocado, sonado, hundido, tirado para el arrastre. Pa que se joda. Los que fueron a EGB, no; lo siguiente…. los que vinieron de la ESO.  

   Pues eso: no me gusta.

 

 


 

 

Rojo 

 

 

 
@ Agitadoras.com 2019